Cápsula 75: 🚀 50 oportunidades
Hay reportes de futuros que amplían el horizonte y, al cerrar la última página, dejan pendiente la pregunta de quién tiene la capacidad real para intervenir. La quinta edición de The Global 50, publicada por Dubai Future Foundation en 2026, coloca esa pregunta en el centro del análisis.
Durante sus primeras cuatro ediciones, el reporte se concentró en identificar oportunidades capaces de transformar el crecimiento, la prosperidad y el bienestar. Esta vez revisa aquellas posibilidades desde otro ángulo. La pregunta sobre qué oportunidad existe y por qué importa cede espacio a interrogantes mucho más operativas: qué acciones permitirían desarrollarla, quién podría realizarlas, qué condiciones tendrían que cumplirse y mediante qué mecanismos se capturaría el valor generado.
Este cambio obliga a tratar el futuro como una construcción que requiere recursos, infraestructura, coordinación, regulación y capacidad institucional. Imaginar una transición energética, una economía basada en biodiversidad o un nuevo sistema de aprendizaje resulta relativamente sencillo. El verdadero problema aparece al decidir quién financia las primeras pruebas, quién asume el riesgo, qué organización coordina a los participantes, qué regulación debe modificarse y cómo se distribuyen los beneficios.
El reporte organiza sus 50 oportunidades en cinco mecanismos de captura de valor: nuevas definiciones de valor, nuevos mercados, tecnologías, alianzas y agilidad. La noción de valor tampoco queda limitada al rendimiento financiero. Puede convertirse en ganancias para una empresa, beneficio público para un gobierno, impacto social para una organización civil o una combinación de estos resultados. Esta amplitud resulta especialmente pertinente para América Latina, donde una innovación puede ser comercialmente exitosa y, al mismo tiempo, profundizar dependencias tecnológicas, concentrar recursos o trasladar costos a las comunidades.
Cada oportunidad se desarrolla mediante backcasting. El reporte parte de un futuro preferible y reconstruye hacia el presente los hitos, habilitadores, obstáculos y decisiones necesarios para aproximarse a él. Evita asignar fechas rígidas porque la velocidad de avance dependerá de los recursos disponibles, la madurez tecnológica, el liderazgo y la disposición de los actores para colaborar.
La edición también propone cuatro posiciones frente a cada oportunidad. Un actor puede liderar el futuro preferible, anticipar aquello que considera probable, habilitar una posibilidad desde sus propias capacidades u observar sus señales para prepararse. La clasificación introduce una dosis de realismo estratégico. No todas las organizaciones tienen autoridad, presupuesto o conocimiento para encabezar una transformación, pero todas deberían identificar el papel que pueden desempeñar y las capacidades que necesitan desarrollar.
Desde México y América Latina, esta lectura permite ir más lejos que una selección de tecnologías atractivas. La región posee activos decisivos para varias de las oportunidades analizadas: biodiversidad, fuentes energéticas, población joven, conocimiento científico, proximidad con grandes mercados y una extensa infraestructura social y cultural. También enfrenta brechas de conectividad, financiamiento, coordinación pública, formación técnica y continuidad institucional. El reporte puede utilizarse como una auditoría de esas capacidades: dónde existe potencial, qué impide convertirlo en resultados y quién podría intervenir durante los próximos doce meses.
En la última edición del nuevo podcast Futuros Creativos, hablamos de esto y más:
Además el bloque más importante del podcast también está disponible en video:
Cambio de paradigmas
🔎 Respuestas sin búsqueda
El trayecto entre una pregunta y su respuesta fue clasificado como tiempo muerto y la industria se dedicó a eliminarlo. Más del 60% de las búsquedas de Google en Estados Unidos ya terminan sin que nadie haga clic en ningún enlace. Se escribe la pregunta, se lee el resumen generado por inteligencia artificial y se cierra la pestaña. Claude, ChatGPT y Perplexity operan bajo la misma premisa, comprimir lo que antes era un recorrido errático por internet en una llegada inmediata al destino. La fase exploratoria de la búsqueda, esa de abrir enlaces, caer en páginas inesperadas y seguir una referencia que lleva a otro lado, está desapareciendo.
Anne-Laure Le Cunff, neurocientífica que estudia la curiosidad y que trabajó en Google hace una década, reúne investigaciones que muestran que las personas en estado de curiosidad, mientras esperan la respuesta a una pregunta que les interesa, recuerdan mucho mejor información no relacionada que aparece en ese lapso. Los escáneres cerebrales registran que esa espera activa circuitos de recompensa y prepara al hipocampo para formar memorias. Se ha observado en bebés, en niños mayores y en adultos.
La curiosidad pone al cerebro entero en un estado de receptividad ampliada, y ese estado dura solamente mientras la pregunta siga sin resolverse. Un resumen que responde en tres segundos entrega exactamente lo que se fue a buscar y cancela todo lo demás. El artículo contiguo que se habría leído, la tangente que se habría seguido, la conexión entre dos ideas sin relación aparente. A eso los investigadores le llaman aprendizaje incidental, y es el mecanismo detrás de buena parte de los hallazgos que ocurren por accidente. En 1964, Arno Penzias y Robert Wilson detectaron un siseo persistente en su antena de radio y pudieron haberlo descartado como falla del equipo. Siguieron preguntando qué era y terminaron encontrando la radiación remanente del Big Bang.
Hay una ironía en el origen de todo esto. Hace una década Google medía el valor del contenido de internet con indicadores de exploración, clics y profundidad de desplazamiento. Lo que la empresa premiaba entonces es justo lo que sus productos de IA están diseñados para suprimir ahora. El territorio entre la consulta y la respuesta pasó de ser la métrica del valor al costo que hay que recortar.
Nadie está obligado a usar estas herramientas y siempre será posible navegar sin ellas, pero la arquitectura por defecto de las plataformas vuelve cada vez menos probable que alguien lo haga. Y a diferencia de otros costos sociales del diseño tecnológico, como las conductas adictivas que produce el scroll infinito, la pérdida de la curiosidad abierta no va a provocar demandas colectivas contra las empresas ni intervención de los reguladores. No hay daño visible que reclamar. Las decisiones que podrían proteger ese espacio, mantener las fuentes a la vista, mostrar explicaciones que compiten entre sí en lugar de fundirlas en un párrafo homogéneo, ofrecer modos de búsqueda que premien la exploración por encima de la velocidad, dependen enteramente de la voluntad de quienes construyen los sistemas.
Lo que se está instalando es un hábito donde la pregunta se agota en su respuesta y quien pregunta se vuelve más hábil para extraer conclusiones ya hechas que para construir las propias. Un mundo que entrega solamente lo que se le pide termina por quitarnos la capacidad de descubrir lo que no sabíamos preguntar.
🍽️ Memoria metabólica
Comer y recordar resultaron ser partes del mismo circuito. Un estudio publicado en Nature Communications y dirigido por Scott Kanoski, de la Universidad del Sur de California, encontró que cuando las ratas consumen alimentos nutritivos, las neuronas que se comunican con el hipocampo liberan más acetilcolina, el neurotransmisor que sostiene la formación de recuerdos. La señal viaja desde el intestino por el nervio vago, la vía que conecta el sistema digestivo con el cerebro y que hasta ahora se estudiaba por su papel en la digestión, el hambre y la saciedad. Cuando los investigadores interrumpieron esa comunicación, el aumento de acetilcolina desapareció y los animales empezaron a fallar en las pruebas donde tenían que recordar dónde habían encontrado comida.
El detalle decisivo está en qué activa el mecanismo. El sistema respondió al valor nutricional del alimento y no a su sabor. Las ratas que consumieron azúcar o grasa mostraron actividad cerebral asociada a la memoria. Las que recibieron líquidos dulces sin calorías o con muy pocas no mostraron nada parecido. Logan Lauer, primer autor del trabajo, plantea que el mecanismo probablemente evolucionó para que los animales retuvieran información vital sobre sus fuentes de alimento, saber dónde brotan ciertas plantas al inicio de la primavera, por ejemplo. El intestino le avisa al cerebro que esa comida sirvió y que conviene recordar dónde y cómo se consiguió.
Durante siglos la tradición occidental colocó el pensamiento dentro del cráneo y le asignó al resto del cuerpo la función de transportarlo. Aquí una parte de la formación de recuerdos ocurre porque un nervio sube un mensaje desde el aparato digestivo, y sin ese mensaje el recuerdo se forma peor. Conviene no adelantarse, se trata de un experimento con ratas y los propios investigadores señalan que falta mucho para saber si el mecanismo funciona igual en humanos. Aun así, la pregunta cambia de dirección. Deja de ser qué tan bien procesa información un cerebro y empieza a ser en qué condiciones materiales ese cerebro puede procesarla.
Ya se sabía que la obesidad, la mala alimentación y trastornos metabólicos como la diabetes están asociados al deterioro cognitivo. Este trabajo ofrece una explicación posible de por qué, y sugiere que el circuito tiene una ventana temprana que después no se repara sola.
Ahí es donde el asunto deja de ser biológico y se vuelve político. La alimentación se administra como un tema de salud pública y el aprendizaje como un tema educativo, con presupuestos distintos, secretarías distintas y discusiones que rara vez se cruzan. Si el mismo circuito sostiene las dos cosas, lo que come un niño forma parte de la infraestructura de su cognición y la desigualdad alimentaria se convierte en desigualdad de memoria, con un rezago de años entre la causa y el momento en que alguien la mide en un salón de clases.
Preguntas incómodas
🏷️ ¿Por qué el mejor precio le toca a quien menos lo necesita?
Las empresas recopilan tu historial de búsqueda, tu ubicación, el tipo de dispositivo que usas y tu historial financiero para calcular el precio máximo que creen que aceptarás pagar. El 76% de la gente piensa que eso debería ser ilegal. Un experimento documentado durante meses puso el mecanismo a prueba comprando lo mismo desde identidades distintas y encontró un Uber con 30% de diferencia, un cuarto en La Quinta que costaba 84 dólares para una persona y 122 para otra, y latas de Spam en Target con precios que cambiaban según quién las miraba.
Engañar al sistema requirió construir una persona desde cero. Una LLC registrada en Wyoming aprovechando un vacío legal, un EIN que funciona como identificación fiscal de esa empresa, una tarjeta de crédito nueva y un teléfono desechable sin historial. El primer resultado fue el contrario al esperado. Al pedir pañales en Instacart, esa identidad limpia pagó seis dólares más, porque un perfil sin datos no le sirve al algoritmo para calcular nada y el precio subió. Después contrató por Craigslist a alguien que interpretara a la persona con la menor intención de compra imaginable, pidiendo agua y arroz gratis sin comprar nada, y los precios de Uber bajaron 11%. El hallazgo más importante ocurrió cuando amarró el teléfono a un dron y lo hizo volar sobre North Oaks, la ciudad más rica de Minnesota. Desde ahí el mismo viaje de Uber costó 28% menos y un pedido de DoorDash 19% menos. Parecer pobre no abarata nada. Parecer rico sí.
Detrás de cada persona hay un perfil de datos de 63 páginas en promedio y ninguna forma de consultarlo, corregirlo o saber qué parte de él explica el número que aparece en la pantalla. David Dayen, que acuñó el término surveillance pricing, y Grace Gedye, de Consumer Reports, coinciden en que el consumidor individual no tiene manera de pelear esto por su cuenta y que la única salida pasa por regulación. Hay iniciativas de ley en unos veinte estados de Estados Unidos. El propio video reconoce que en más de la mitad de las pruebas los precios fueron iguales o parecidos y que las diferencias más grandes fueron elegidas para ilustrar el punto, lo cual vuelve el problema más difícil de detectar, porque un mercado donde a veces te cobran de más y nunca puedes saber cuándo elimina la única referencia que tenía cualquier comprador. El precio público servía para comparar y para reclamar. Cuando cada quien recibe su propio precio, no queda nada con qué comparar.
Señales de posibles futuros
🧫 Plástico que desaparece
Un equipo de investigadores consiguió que un plástico se descompusiera por completo en seis días sin dejar microplásticos, metiéndole dentro las bacterias encargadas de desarmarlo. Mezclaron esporas de Bacillus subtilis modificadas con policaprolactona, un polímero que se usa en impresión 3D y en algunas suturas quirúrgicas. Las esporas permanecen dormidas y el material se comporta como cualquier otro, con propiedades mecánicas similares a las de una película común del mismo polímero. Al activarlas con un caldo nutritivo a 50 grados, las bacterias empiezan a producir dos enzimas que trabajan en secuencia. La primera corta las cadenas largas en puntos aleatorios y la segunda desarma esos fragmentos hasta reducirlos a sus componentes básicos. Ese orden es lo que evita que el plástico se rompa en pedazos cada vez más pequeños, que es exactamente el mecanismo por el que hoy existen los microplásticos. Para demostrarlo hicieron un electrodo portátil que funcionó con normalidad y desapareció dos semanas después de ser activado.
Lo que cambia aquí es el estatuto de la durabilidad. Durante un siglo fue una propiedad fija del material, algo que se recibía junto con el objeto y que nadie podía revertir. Zhuojun Dai, uno de los autores, lo plantea como convertir la durabilidad en una función programable. Un plástico con interruptor de apagado obliga a repensar qué significa desechar algo, porque el residuo deja de ser un problema de logística y se vuelve un problema de activación.
Ahí están también los límites. La activación necesita condiciones deliberadas que no existen en un tiradero ni en el mar, y el equipo apenas está trabajando en lograr que las esporas se activen en agua. Se probó con un solo polímero, no con los que dominan el empaque desechable. Y nos quedamos con la pregunta de si un material puede desaparecer “bajo diseño”, ¿eso reduce la producción de desechables o le quita el último argumento moral a producir más? La infraestructura de activación tendría que existir, alguien tendría que operarla y alguien tendría que pagarla, y esas tres cosas no se van a decidir en un laboratorio.

⚡ Electrificación
Laos prohibió la importación de autos nuevos de gasolina y diésel a partir del 1 de junio de 2026 y hasta el final del año. Desde entonces, prácticamente todos los autos nuevos que entran al país son eléctricos. Es el mandato de electrificación más agresivo que existe hoy en el mundo y casi no tiene relación con la demanda de los consumidores. La prohibición deja fuera al transporte público, la maquinaria de construcción, los camiones de proyecto y otros vehículos especializados, de modo que el diésel sigue entrando donde el país todavía no puede electrificar.
La motivación es monetaria. Laos tiene siete millones de habitantes, no tiene salida al mar y funciona casi por completo con hidroelectricidad, al grado de que su estrategia de exportación consiste en venderle electricidad a sus vecinos. Al mismo tiempo importa cada litro del combustible que queman sus autos y esa factura se paga en divisas de las que anda crónicamente escaso. Cada auto de gasolina reemplazado por uno eléctrico deja de consumir diésel comprado afuera y empieza a consumir energía propia. Alrededor de esa cuenta se armó todo lo demás. Exención total del impuesto especial para eléctricos de menos de 50 mil dólares, reducción de cuotas de registro, obligación de que las empresas de transporte operen al menos 10% de flota eléctrica antes de que termine el año, y un acuerdo firmado en abril con 27 socios públicos y privados para levantar estaciones de carga, estaciones de intercambio de baterías, una plataforma digital central y productos de financiamiento. La meta nacional es 30% de vehículos eléctricos para 2030.
Queda por verse como reacciona el mercado porque Laos no convenció a sus compradores, les quitó la alternativa, y en un país de ingresos bajos con una red de carga todavía frágil, la promesa depende de que los autos que quedan se puedan pagar y cargar.

Para llevar
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