Cápsula 74: 🚀 El aún-no-consciente
Se ha vuelto casi costumbre decir que la inteligencia artificial es una especie de inconsciente colectivo puesto a nuestra disposición, un fondo común de todo lo que hemos escrito y pensado, ahora accesible con una frase. La imagen tiene su fuerza y explica algo real de nuestra relación con estas herramientas. Pero cuanto más la sostengo, más me convenzo de que se ha vuelto cómoda demasiado rápido, y de que apunta al lado equivocado del inconsciente. Nos hace mirar hacia atrás, hacia lo acumulado, cuando lo que de verdad está en juego mira hacia adelante.
Conviene empezar por Freud, por una frase suya que resume todo un programa. Wo Es war, soll Ich werden. “Donde ello era, yo he de advenir”. Freud entendía el trabajo de una vida, y desde luego el del análisis, como una lenta reconquista. Hay una región de mí que actúa sin mí, que decide antes que yo y a menudo contra mí, y la tarea consiste en irle ganando terreno, en volver consciente algún pedazo de lo que operaba a oscuras. No para abolir el inconsciente, cosa imposible, sino para ensanchar apenas el margen desde el cual uno se pertenece. Lo que importa retener de ahí es la dirección del movimiento. El vector va del ello al yo, de lo que me posee a lo que puedo asumir. La madurez, en ese esquema, es una conquista lenta de conciencia sobre un fondo que nunca se agota.
La primera cosa que noto cuando observo cómo usamos estos sistemas es que ese vector se ha invertido. En incontables gestos pequeños, a lo largo del día, devolvemos al automatismo el terreno que tanto había costado ganar. La frase que dudaba en escribir aparece ya escrita. El juicio que estaba formándome llega ya formado. La decisión que iba a costarme una tarde se resuelve en un segundo. Donde había yo, vuelve a haber un ello. No es una queja contra la comodidad, que es real y a veces un alivio. Lo que me interesa es la dirección del movimiento. Freud describía una vida como el esfuerzo de arrancarle superficie consciente a la penumbra, y buena parte de lo que hoy llamamos productividad consiste en reentregar esa superficie, en devolver al fondo automático las operaciones que tanto había costado sacar a la luz. Lo hacemos, además, con la sensación de estar despertando, de quedar por fin liberados para lo importante, cuando quizá estemos haciendo lo contrario.
Hay además una diferencia que la analogía del inconsciente colectivo suele pasar por alto y que me parece decisiva. El inconsciente del que hablaba el psicoanálisis era mío. Se había formado con mi historia, estaba hecho de mis olvidos, y por eso, con trabajo y con suerte, podía llegar a reconocerlo como propio. Esa es la condición misma de que sea trabajable, porque uno solo puede analizar aquello que en algún sentido le pertenece. El fondo que la máquina pone a mi alcance no tiene nada de mío. Lo formó otra historia, la de un corpus inmenso y ajeno, y lo ajusta y lo orienta gente que no conozco, con fines que no siempre coinciden con los míos. Es un inconsciente de alquiler. Habla mi idioma, adivina mi tono, se acomoda a mí con una docilidad que se siente íntima, y aun así no hay manera de hacerlo consciente porque nunca fue parte de mí. Puedo consultarlo, jamás integrarlo. Y una vida gobernada por un inconsciente que no se puede integrar tiene un nombre viejo, la heteronomía, aunque ahora venga disfrazada de la más cálida cercanía.
Aquí es donde quiero salirme de la lectura estándar de Freud, porque el inconsciente tiene otra cara que él dejó en penumbra y que Ernst Bloch, filósofo alemán marxista y autor de El principio esperanza, pasó la vida iluminando. Para Bloch no todo lo inconsciente es pasado hundido. Hay también un aún-no-consciente, das Noch-Nicht-Bewusste, que no es lo reprimido detrás de mí sino lo que todavía no ha terminado de nacer delante de mí. Es la región tenue de la que salen las intuiciones antes de tener forma, los presentimientos, las imágenes de lo posible, lo que uno alcanza a vislumbrar de un mundo que aún no existe. Bloch situaba ahí la fuente de toda anticipación seria, la materia con la que se sueñan futuros que valen la pena. Es un inconsciente que empuja hacia adelante. No guarda lo que fui, gesta lo que podría ser, y se llena de posibilidades todavía mudas más que de recuerdos. Cualquiera que trabaje imaginando escenarios, o que haya esperado a que una idea cuaje sin forzarla, conoce ese lugar aunque no lo llame así. Es incómodo estar ahí. Es un umbral, y los umbrales piden paciencia.
Con esa distinción en la mano, la pregunta por la inteligencia artificial cambia de forma. Ya no es qué recuerda por nosotros, ni siquiera qué juzga por nosotros, sino qué le hace a ese aún-no-consciente, al órgano con el que anticipamos. Y la respuesta me inquieta, porque estos modelos son, por construcción, un destilado de lo ya dicho. Predicen la continuación más probable de lo que otros ya escribieron y funcionan admirablemente para devolvernos el promedio de lo pensado. El problema aparece justo en el umbral, cuando estamos ante algo que todavía no tiene palabras y acudimos a la máquina para que nos ayude a cruzar. Lo que recibimos entonces es lo viejo con muy buena forma, la continuación esperada, el futuro rellenado con retazos del pasado. Donde deberíamos tolerar la incertidumbre del aún-no-consciente y esperar a que asome algo inédito, se nos ofrece de inmediato lo ya recorrido, tan pulido que se confunde con un hallazgo. Para alguien como yo que trabaja con futuros esto es la clausura silenciosa de la anticipación, un dispositivo que promete abrirnos posibilidades y que, en su forma misma de operar, tiende a devolvernos siempre a la vecindad de lo que ya fue.
Sospecho que de ahí viene parte del malestar difuso de estos años, esa sensación de abundancia y estancamiento a la vez, de tener todo el material del mundo y ninguna salida nueva. Günther Anders, filósofo alemán de la técnica, escribió hace setenta años sobre la vergüenza que siente el hombre ante lo que fabrica cuando lo fabricado lo supera. Me pregunto si la nuestra es más sutil, no la humillación de sentirnos inferiores a la máquina, sino la lenta pérdida del apetito por lo que ella no puede darnos, que es precisamente lo que aún no está dicho. Uno deja de frecuentar el umbral, deja de aguantar el silencio, y con el tiempo olvida que ahí, en esa incomodidad que la máquina nos ahorra, era donde nacía lo nuevo. El síntoma, entonces, no se parece a una neurosis, que al menos es un conflicto que se puede trabajar. Se parece más a un conformismo que ni siquiera se vive como tal, porque llega envuelto en la sensación de estar siendo más creativos y más rápidos que nunca. Es difícil resistir aquello que se experimenta como un don.
No tengo un método que ofrecer, y desconfío de quien lo vende, porque estas cosas no se arreglan con una lista de hábitos. Me quedo con una pregunta, aunque esta vez con una que no mira al pasado. Si el inconsciente que de verdad importa es el que empuja hacia adelante, el que gesta lo que todavía no ha sido pensado por nadie, la cuestión no es cuánta memoria delegamos ni cuánto juicio subcontratamos, sino cómo mantenemos abierto el aún-no-consciente, cómo protegemos ese umbral incómodo donde uno tiene que esperar sin respuesta el tiempo suficiente para que algo inédito se atreva a aparecer. Una civilización puede sobrevivir perfectamente a la pérdida de buena parte de su memoria. Lo que no sé si sobrevive es a la pérdida de su capacidad de imaginar que las cosas podrían ser de otro modo.
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Cambio de paradigmas
📖 De la economía de la atención a la economía de la lectura
Solemos hablar de una economía de la atención, pero el nombre es engañoso. En el ensayo Umyazu, Mandy Brown sostiene que nuestra atención no está siendo cosechada sino suprimida, aplanada, obligada a rendirse. Cuando hacemos doomscrolling o encadenamos una notificación tras otra no atendemos nada, nos abandonamos. Y sin embargo entramos al feed alertas, vigilantes, en guardia frente a lo que acecha bajo el pulgar, mientras que al leer nos volvemos vulnerables, abiertos a ser transformados de maneras que no podemos predecir. Ahí está la paradoja que a Brown le interesa desarmar. Nos desintegramos justo donde más nos protegemos, y cambiamos justo donde más nos exponemos.
La distinción viaja a través de The Telling, la novela de Ursula K. Le Guin donde un Estado capitalista impuesto a marchas forzadas prohíbe los libros, cierra bibliotecas y convierte a los ciudadanos en “productores-consumidores” que deben orientar toda su vida a esas dos acciones. En las aldeas de montaña sobrevive el Relato, reuniones clandestinas donde los maz recitan historias, cantos e instrucciones, y los asistentes pagan “por palabra” unas cuantas monedas. Brown subraya que ese pago no es apaciguamiento ni extracción. Es una economía de contado, no de crédito, donde se paga un valor recibido en el momento y nadie queda debiendo. La economía de la atención, en cambio, funciona toda ella a crédito. El usuario paga dos veces, primero con dinero y después con la atención misma que se le arranca.
El punto de Brown es que aniquilar la atención tiene beneficios claros para quienes construyen el mundo en nuestro lugar, porque quien no puede atender el mundo tampoco puede intervenir en él, y queda reducido a receptor pasivo de la realidad que otros fabrican. Frente a eso propone pensar una economía de la lectura que persiste escondida entre las ruinas, en editoriales autogestionadas, fanzines, blogs personales, bibliotecas y libros prestados que vuelven a prestarse. No aparece en el PIB, como tampoco aparece lavar los platos, y aun así ocurre todos los días. Cada mirada que se desvía del slop hacia el trabajo de alguien que escribe o pinta le resta dos a la máquina contraria, una en dinero y otra en la atención que se recupera. Un trato justo, pagado en el acto.

Preguntas incómodas
👨💼 ¿A quién obedeces cuando obedeces a tu jefe?
Empleados de varias empresas describen a jefes que empezaron a consultar cada decisión con ChatGPT hasta convertirlo en la autoridad final de la organización. Un abogado narra a Futurism cómo su jefe le preguntaba al modelo a quién contratar y a quién despedir, reescribía la estrategia de la empresa según la conversación de la semana, y terminó redactando una “Biblia” de cientos de páginas que cambiaba constantemente y que los empleados debían estudiar para no volver a preguntarle nada a otro ser humano. Otro trabajador cuenta que su supervisor pegaba cada intercambio con sus subordinados en el chatbot para preguntarle si había actuado bien, y recibía casi siempre la misma respuesta tranquilizadora.
El mecanismo que aparece en todos los testimonios es el mismo. El modelo confirma lo que los jefes quieren escuchar. Un estratega de ventas explica que la IA escupe la narrativa que le pidas, y que un jefe convencido de tener razón encuentra ahí un oráculo que le devuelve su propia certeza la apariencia de neutralidad. Cuando ese estratega llevaba lo que quince clientes le habían dicho en persona, el fundador respondía que eso no era lo que le había dicho Claude o ChatGPT. La realidad reportada por trabajadores que hablan con personas todos los días pesaba menos que la realidad sintetizada por un modelo entrenado para complacer a quien pregunta.
Lo que estas historias revelan es un cambio en quién tiene la autoridad dentro de la empresa. El jefe sigue firmando, pero delega el juicio en un sistema que no responde ante nadie y que fue diseñado para agradar, de modo que la sicofancia del modelo se disfraza de consejo imparcial y la corazonada del jefe se disfraza de dato y de razón. Los trabajadores que espiaban las conversaciones de su jefe con el chatbot para saber quién sería despedido entendieron que la cadena de mando sigue intacta en el organigrama, pero la decisión ya no vive en ninguna persona a la que se le pueda pedir cuentas.
Señales de posibles futuros
🧫 Vida ensamblada por piezas
Por primera vez, un equipo dirigido por la bióloga sintética Kate Adamala empacó componentes no vivos dentro de una membrana y consiguió que esa bolsa de moléculas creciera, replicara su ADN y se dividiera en células hijas. No está viva bajo ninguna definición, depende de entregas constantes de alimento y de ribosomas que no puede fabricar sola, pero es la demostración más fuerte hasta ahora de que se puede generar algo parecido a la vida a partir de materia muerta, ensamblada pieza por pieza con la lista completa de ingredientes en la mano.
Lo que esta señal sugiere no es que estemos por crear vida de laboratorio a gran escala, sino que lo vivo empieza a entrar al régimen de lo diseñable. Cuando la vida deja de ser un umbral que se cruzó una sola vez hace cuatro mil millones de años y pasa a ser un sistema con plano, catálogo de partes y componentes intercambiables, cambia su estatuto. El anuncio vino con una organización sin fines de lucro, Biotic, pensada para repartir estas herramientas entre investigadores del mundo, con datos y métodos liberados para que otros construyan encima. La misma lógica de código abierto que reconfiguró el software empieza a tocar el sustrato de lo biológico, y con ella las preguntas de siempre. ¿Quién decide qué se ensambla, con qué fines y bajo qué control cuando la frontera entre lo vivo y lo fabricado se vuelve un problema de ingeniería con manual de instrucciones?
☀️ Demasiado sol para el capital
España invirtió más de 80 mil millones de dólares en energías renovables y el resultado fue un excedente tal de electricidad que el valor de sus parques solares se desplomó, con inversionistas buscando salir del negocio a precios de descuento. El país registró precios negativos el verano pasado y este año ya superó su récord anual, con productores pagándoles a los clientes para que se lleven el exceso de energía en apenas los primeros seis meses. Los residentes disfrutan de algunas de las tarifas más baratas de Europa, y precisamente por eso el capital de riesgo se retira. Un directivo de una comercializadora española lo dijo sin rodeos, la economía se deterioró tanto que los inversionistas intentan salir con fuertes descuentos.
Lo que esta señal deja ver no es un problema técnico de almacenamiento ni de red, aunque ambos existan, sino un desajuste de fondo entre la lógica financiera y el objetivo climático. Cuando la electricidad limpia se vuelve tan abundante que deja de ser escasa, deja también de ser rentable bajo un modelo que necesita escasez para extraer ganancia. La abundancia energética, que en cualquier lectura sensata sería una buena noticia, aparece aquí como una amenaza a las márgenes, y los vendedores en corto empiezan a apostar contra los mismos parques que producen esa energía. La pregunta que se abre hacia el futuro es si el sistema que financió la transición renovable solo funciona mientras la energía sea cara, ¿quién va a sostener la infraestructura de un mundo donde la energía por fin es barata?





