Cápsula 73: 🚀 Adiós Creative Talks
Cuando empezamos un proyecto, rara vez pensamos en su final, en parte porque imaginarlo se parece demasiado a admitir que la cosa es mortal, que tiene una duración y un límite, y preferimos sostener la ilusión de que lo que hacemos podría continuar mientras tengamos ganas de hacerlo. Así fue durante mucho tiempo con este podcast. Episodio tras episodio, semana tras semana, hasta llegar al episodio 352, en el que nos dimos cuenta de que era momento de darle un final a Creative Talks.
A decir verdad, me cuesta escribir la palabra terminar sin sentir que necesita justificarse, como si cerrar algo fuera siempre la consecuencia de que algo salió mal, y creo que esa dificultad para nombrar un final voluntario dice más de este proyecto que del entorno en el que vivimos. Casi todo lo que usamos para mirar, escuchar y leer está diseñado para no terminar nunca. El video que se reproduce solo cuando acaba el anterior, el feed que se rellena cada vez que llegamos a su borde, la métrica que premia la permanencia y castiga la pausa. En medio de esa maquinaria que confunde no detenerse con estar vivo, decidir que algo concluye empieza a parecer una rareza, y vale la pena preguntarse por qué.
Pienso que un final, cuando es deliberado, hace en una obra algo que la prolongación indefinida no puede hacer, porque le da una forma que solo se ve desde el borde. Mientras una conversación continúa abierta es difícil saber qué fue, hacia dónde iba, qué la sostenía; es justamente el cierre el que permite mirar los 352 episodios y reconocer en ellos un algo, una manera de preguntar, una voz que fue cambiando. Sin ese límite, quedaría una acumulación de archivos sin contorno, algo más cercano al ruido de fondo de las plataformas que a una práctica que alguien decidió emprender y luego cerrar.
Conviene mirar de cerca qué fueron en realidad esos 352 episodios, porque vistos de uno en uno son solo grabaciones, pero vistos juntos son trescientas cincuenta y dos veces en las que decidimos aparecer, preparar una conversación, escucharnos, dialogar, discutir, estar a favor, estar en contra y, al final, publicar el resultado, aunque nunca estuviera del todo terminado. Esa repetición sostenida en el tiempo construyó algo que no aparece en ningún episodio aislado y que tampoco se pierde cuando el proyecto cambia de nombre, porque lo que se construyó no era un título sino una forma de conversar y la gente que volvía a escucharla.
De ahí que lo que ocurre ahora no sea solamente un final, sino el punto en el que ese trabajo acumulado vuelve a empezar bajo otro nombre. Charlas Creativas nace de lo que fue Creative Talks, con la misma raíz y, a la vez, con la libertad de ser distinto. Cabe mencionar que el cambio del inglés al español es menos una decisión de marca que una decisión sobre con quién queremos conversar y en qué lengua queremos pensar con esa gente. Las palabras con las que nombramos las cosas nunca son neutrales; traen consigo una manera de habitar el mundo, de modo que pasar a llamar charlas a lo que antes eran talks cambia algo, o quizás mucho, de las bases fundacionales sobre las que el proyecto se apoya.
Cuando un proyecto cambia de nombre, aparece la tentación de fingir que nada se modificó o de anunciar que todo es nuevo, y ninguna de las dos versiones resulta del todo cierta, porque Charlas Creativas carga con lo aprendido en esos años y, al mismo tiempo, se concede el permiso de no ser ya lo que era. La continuidad y la ruptura no se cancelan entre sí; conviven en cualquier reinicio que merezca ese nombre, y el trabajo difícil consiste en sostener las dos a la vez sin renunciar a ninguna.
Detrás de todo esto está una pregunta que me ocupa desde hace tiempo, la de qué significa sostener una conversación humana en un momento en que tanto de lo que escuchamos ha sido automatizado, optimizado y producido para retener nuestra atención el mayor tiempo posible. Un podcast, despojado de todo lo demás, es apenas dos personas hablando sobre cosas que les importan, y esa pequeñez se ha vuelto casi un gesto a contracorriente, porque en una conversación verdadera no hay nada que optimizar, solo está la tarea lenta de estar presente y de escuchar de verdad a quien habla.
Por eso este texto es a la vez una despedida y una invitación. A quienes acompañaron Creative Talks a lo largo de estos episodios, gracias por su tiempo y atención. Lo que viene ahora lleva otro nombre, pero la pregunta que lo mueve sigue siendo la misma, la de cómo seguir conversando, con creatividad y junto a otros, sobre lo que de verdad importa.
Charlas Creativas inicia aquí.
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🕵️ Captura y análisis estratégico de tendencias
Muchas veces las tendencias se consumen como inspiración, por ejemplo: reportes, señales, casos, cambios de comportamiento, nuevas tecnologías, movimientos culturales. Todo eso puede ser útil, pero también puede quedarse en una acumulación de ejemplos interesantes si no existe una metodología para interpretar qué está cambiando, por qué está cambiando y qué decisiones podríamos tomar a partir de eso.
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Cambio de paradigmas
🧬 El darwinismo de la eficiencia
La optimización tiene un origen muy concreto. En 1947, un matemático llamado George Dantzig desarrolló el algoritmo simplex desde una oficina del Pentágono porque la logística militar de Estados Unidos había crecido tanto que ningún general podía evaluar todas las alternativas posibles. La herramienta funcionó. Pronto se usó para diseñar cohetes, abaratar manufacturas, reorganizar cadenas de suministro. Pero lo que empezó resolviendo ecuaciones terminó convertido en la forma dominante de entender el mundo.
Phil Tinline lo llama “optimización social”. La idea de que la misma lógica de maximizar o minimizar una variable numérica puede aplicarse a todo. A la productividad de un repartidor, a la atención que dedicamos a una noticia, al sueño, a la generosidad. Las empresas tecnológicas trasladaron esa mentalidad a la gestión de personas, a los medios y a la vida cotidiana. Aplicaciones que convierten el descanso en puntuación, redes sociales que miden el valor de una idea en clics, empleos donde cada segundo se cuantifica y se compara en tiempo real. El taylorismo del siglo XX necesitaba un capataz con cronómetro. El del siglo XXI usa sensores, cámaras y algoritmos que asignan un puntaje continuo a la existencia.
El problema de fondo es que esta lógica privilegia lo medible y descarta todo lo demás. Kevin Kelly, del movimiento Quantified Self, admite que la felicidad significativa es difícil de medir y por tanto difícil de optimizar. La paz social, la concentración de poder, el valor del trabajo, la bondad, nada de eso entra en el modelo. Y lo que no entra en el modelo deja de existir como problema. Theodore Porter ya advertía en 1995 que elegir qué se cuenta y qué no es siempre un acto de poder, y que los números han servido muchas veces para convertir personas en objetos manipulables.
Después de la Guerra Civil estadounidense, los magnates del acero y el petróleo tomaron la teoría de Darwin y la estiraron hasta convertirla en justificación del orden social. Los ricos eran ricos porque eran los más aptos. La pobreza se resolvería cuando todos trabajaran como Carnegie. Tinline señala que esa operación se repite hoy con la optimización. Una idea legítima en su campo original, sobreextendida para justificar la concentración de poder. Lo que resolvía rutas aéreas ahora pretende rediseñar ciudades privadas fuera del Estado democrático, como propone el concepto de network state, o acelerar hacia una abundancia infinita, como fantasea Andreessen en su manifiesto tecnooptimista mientras descarta el principio de precaución.
Lo más eficaz de este paradigma es que no se presenta como ideología. Nadie defiende “el culto a la optimización” del modo en que se defendía el darwinismo social. Simplemente se siguen las oportunidades que abre la tecnología digital, los sensores baratos, los datos abundantes, los algoritmos potentes, y se asume que hacer las cosas más eficientes equivale a hacerlas mejores. Pero esa suposición contiene una decisión política que casi nunca se explicita. El movimiento de Altruismo Efectivo quiere purgar la generosidad de sentimiento. Los líderes tecnológicos proponen ciudades corporativas liberadas del compromiso democrático. Todo bajo el lenguaje neutro de la eficiencia.
El darwinismo social se debilitó cuando otras lecturas de Darwin demostraron que la teoría admitía conclusiones radicalmente distintas. Quizás la optimización social enfrente algo parecido. No porque la técnica deje de ser útil, sino porque la distancia entre lo que se puede medir y lo que sostiene una vida en común termine por fracturar el modelo desde dentro.

Preguntas incómodas
🤖 ¿De quién es la inteligencia que usas?
Desarrolladores en Estados Unidos están migrando sus flujos de trabajo de Claude y ChatGPT a modelos chinos como DeepSeek, Xiaomi MiMo y Minimax. Un desarrollador en San Diego cuenta que una hora de programación con Claude le costaba diez dólares y con DeepSeek menos de cincuenta centavos, sin diferencia perceptible en la calidad. Lindy, una startup de San Francisco, dejó Anthropic por DeepSeek y ahorró millones. Su fundador lo resumió con una frase que condensa bastante bien el momento que vivimos: “No necesitas a Dios para escribir tu correo.”
Esa frase desarma de un golpe toda la narrativa que rodea a la inteligencia artificial. Si la mayor parte de los usos reales de la IA son tareas operativas, código rutinario, transcripción, asistentes de voz, la pregunta obvia es por qué alguien pagaría diez veces más por un modelo estadounidense cuando uno chino resuelve lo mismo. La respuesta oficial es seguridad nacional, riesgo geopolítico, protección de datos. El Congreso ya abrió investigaciones contra Airbnb y Cursor por usar modelos chinos en su infraestructura. Pero los propios desarrolladores encogen los hombros. Uno en Dallas dice que no le importa que empresas chinas vean sus datos, que se diviertan, que aprendan. La distancia entre el discurso de soberanía tecnológica y la práctica cotidiana de quienes construyen con estas herramientas se está volviendo difícil de sostener.
Lo que queda expuesto es una contradicción: Estados Unidos invierte cientos de miles de millones en la carrera por la IA más poderosa del planeta mientras sus propios desarrolladores eligen la más barata. China subsidia modelos y los libera como código abierto para ganar cuota de mercado, pero no logra convertir esa adopción en ingresos ni en relaciones comerciales duraderas. Los modelos chinos representan ya el 17% del uso en plataformas como Vercel, pero apenas el 1% de los ingresos. Ambas potencias hablan de dominar el futuro de la inteligencia artificial, pero el mercado real ya decidió que para el 90% de las tareas cualquier modelo suficientemente competente y barato sirve, sin importar la bandera que lleve detrás.
🌐 ¿Qué aspecto tiene el colonialismo digital?
La administración Trump está condicionando miles de millones de dólares en ayuda sanitaria a países africanos a cambio de acceso directo a los datos de salud de sus poblaciones. Uganda firmó en diciembre un acuerdo que entrega a Estados Unidos acceso en tiempo real a nueve de sus sistemas de datos sanitarios durante siete años, incluyendo el repositorio central de toda su información de salud y el sistema de expedientes médicos electrónicos individuales. A cambio recibe 1,700 millones de dólares para combatir VIH, malaria, tuberculosis y ébola, una cifra que suena enorme pero que es menor a lo que recibía antes y que irá disminuyendo cada año hasta representar un 45 % menos para 2030. Kenia firmó algo parecido. Zambia, Zimbabwe y Ghana se negaron.
La estrategia se llama America First Global Health Strategy y el Departamento de Estado la presenta sin disimulo como un mecanismo para hacer a Estados Unidos “más próspero” y “promover las innovaciones sanitarias estadounidenses”. Los conjuntos masivos de datos de salud son hoy uno de los activos más valiosos para el entrenamiento de modelos de inteligencia artificial, y la industria de compraventa de esos datos ya mueve miles de millones de dólares. Los acuerdos prometen que la información será agregada y anonimizada, pero expertos en privacidad señalan que los textos son vagos, carecen de cláusulas estándar para limitar el uso de los datos y no impiden que se puedan reidentificar personas con herramientas de IA. En países donde un diagnóstico de VIH puede derivar en violencia y discriminación, esa vaguedad tiene consecuencias muy concretas.
Lo que estos acuerdos exponen no es nuevo en su lógica, solo en su objeto. Durante siglos, la relación entre ayuda y extracción ha operado sobre materias primas, minerales, territorio. Que ahora opere sobre datos biométricos de poblaciones enteras, negociados a puertas cerradas y con plazos de entrega de información que exceden los plazos de financiamiento, actualiza una dinámica que Frank Ssekamwa, abogado ugandés especialista en derechos digitales, resume: “Si aceptas el trato, te van a explotar. Si no lo aceptas, te vas a morir.”
Alimentando tu polimatía
🧠 Los cuadernos de Da Vinci
Cuando Leonardo da Vinci murió en 1519, dejó miles de páginas donde convivían máquinas voladoras, estudios anatómicos, paisajes, poemas y listas de compras. Todo revuelto, todo junto, probablemente porque así funcionaba su cabeza. Décadas después, el escultor Pompeo Leoni decidió que esas páginas necesitaban orden, así que las cortó con tijeras y las separó en dos álbumes: uno para ciencia e ingeniería, otro para arte. Una página podía tener un caballo, un engranaje y un verso, y Leoni rompió esas conexiones que Leonardo había hecho a propósito. Los dos álbumes terminaron en países distintos. El científico llegó a Milán. El artístico a Windsor, Inglaterra. Cuatrocientos años después.
El 8 de junio de 2026, el Museo Galileo de Florencia lanzó Leonardotheka, una plataforma digital gratuita que reúne unas 3,500 páginas y reconstruye 50 folios tal como Leonardo los dejó, cruzando marcas de agua, dimensiones y tipos de tinta. El resultado permite ver algo que llevaba siglos oculto: que la separación entre el Leonardo pintor y el Leonardo ingeniero no fue decisión suya sino de un coleccionista con tijeras y criterio del siglo XVI. La polimatía de Leonardo nunca fue una suma de disciplinas separadas. Fue una forma de pensar donde el dibujo de un caballo y la reflexión sobre un monumento ecuestre ocupaban la misma hoja porque para él eran el mismo problema.
Señales de posibles futuros
🌡️ Ciudades a 50 grados
Hasta hace poco, ninguna ciudad del mundo registraba cinco días al año por encima de los 50 °C. Hoy más de cien lo hacen. Si el calentamiento alcanza los 2 °C, serán unas 150. A 3 °C, alrededor de 250. El informe interactivo que acaba de publicar el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente muestra que el calor extremo ya mata a unas 489,000 personas cada año, y que las ciudades amplifican el problema porque el concreto, el asfalto y la densidad de edificios atrapan y reemiten calor, elevando la temperatura urbana entre 5 y 10 °C por encima de las zonas circundantes. El 70% de la fuerza laboral global, unos 2,400 millones de trabajadores, está expuesta a calor excesivo.
Cincuenta ciudades han empezado a rediseñarse para sobrevivir al calor, con bosques urbanos, ventilación pasiva, materiales reflectantes y corredores verdes que pueden reducir la temperatura interior hasta 8 °C sin generar más emisiones. París simuló un escenario de 50 °C para poner a prueba sus sistemas de respuesta. Lagos plantó más de seis millones de árboles desde 2008. Chennai integra resiliencia térmica en su plan maestro de desarrollo urbano. Pero la mayoría de las ciudades del mundo, sobre todo en el sur global, no tienen los recursos ni la planificación para hacer nada de esto. La pregunta que esta bifurcación plantea es si el mapa urbano del futuro quedará dividido entre ciudades que lograron adaptarse y ciudades que simplemente dejaron de ser habitables.







